El Director Escolar

La globalización, los procesos postmodernos y la generalización de la tecnología y la información han propiciado cambios radicales en el quehacer educativo que se realiza dentro de la Escuela; nuestro país, inmerso en una vida social mundializada caracterizada por una cantidad inconmensurable de procesos de ruptura, de saltos y brechas, dista mucho del que vimos hace apenas unos años; la sociedad mexicana actual, a diferencia de la de hace algunos lustros, está inmersa en un mundo lleno de constantes y complejos cambios en todos los ordenes y planos sociales.
En este marco, la escuela del siglo XXI emerge a una serie de escenarios donde hay más preguntas que respuestas, donde lo característico es el aumento de la incertidumbre y de la ruptura de paradigmas que nos señalaban certezas; escenarios, en donde se debe correr el riesgo y asumir el reto por parte del Sistema Educativo Nacional, pero sobre todo por parte de cada una de las Escuelas y de sus principales actores, de operar, resolver y gestionar lo diverso, dinámico, complejo e inestable del trabajo cotidiano.
La Escuela mexicana no puede esquivar los escollos que están limitando la Calidad de la Educación que reclama la sociedad actual; para dar ese salto, dentro de muchos aspectos más, se debe de iniciar dejando atrás el hecho de privilegiar la administración de las escuelas y retomar el liderazgo académico-pedagógico por parte de quien es el responsable de cada plantel educativo: el Director Escolar.
Aún cuando aparentemente no se quiere arriesgar lo conseguido frente a contextos que a primera vista sólo nos muestran incertidumbres; en donde lo perceptible es la resistencia al cambio, a las vicisitudes y los retos; hay que comenzar por creer, que en todas las escuelas hay suficientes recursos humanos que tienen vocación, creatividad, ideas innovadoras y que están buscando y presionando hace tiempo por sistemas de gestión que apuesten por descentralizar las decisiones, y así lograr mayor autonomía para realizar articulaciones estratégicas con toda la comunidad escolar y su entorno social, para configurar una Escuela cada vez más democrática y participativa.
Por lo tanto, si verdaderamente se quiere mejorar la Calidad de la Educación, es preciso darle a la Escuela la posibilidad de decidir sobre su propio rumbo; reconociendo en su justa medida el papel de los directivos y docentes, como actores clave en los cambios y mejoras escolares; propiciando para ellos, programas de formación, actualización y capacitación continuos, así como de reconocimiento social; cada Director, junto con su personal escolar, es el responsable directo de la calidad educativa en su Escuela; esto, desde luego, sin minimizar una urgente necesidad de reformar a fondo el Sistema Educativo Nacional.
Se requiere del traslado de mayores poderes de decisión y responsabilidad a las escuelas; la adopción de estándares exigentes y la entrega de información amplia de resultados escolares para obtener eficacia y compromiso. Esto supone también, observar a las escuelas desde enfoques vanguardistas que partan de la concepción de que cada plantel escolar es una organización singular compleja.
La Escuela del siglo XXI, tiene que actuar con base en el entendido de que actualmente juega un nuevo rol en la transformación la Educación Nacional; asumiendo un papel protagónico, que deje atrás la necesidad de actitudes paternalistas que le redituaron en convertirla en operativa de acciones diseñadas de manera cupular, desconociendo sus verdaderas necesidades específicas y las de su entorno inmediato.
En los albores de este nuevo milenio, la Escuela debe propiciar que la educación, se convierta en un bien común que no privilegie a unos pocos; cumpliendo con el objetivo de toda sociedad, al formar con sus nuevas generaciones mejores ciudadanos, que desarrollen un pensamiento crítico y reflexivo sobre el mundo natural y social. Por ello, todos los actores de la sociedad, deben seguir impulsando una escuela mexicana basada en las ideas de gratuidad, obligatoriedad, equidad y calidad con pertinencia, en un intento de compensar las grandes diferencias sociales existentes; la construcción de una sociedad democrática implica la distribución de responsabilidades entre los ciudadanos, instituciones y grupos sociales.
Por otra parte, convivir en una aldea global implica forzosamente mirar y comparar lo que pasa en torno nuestro; actualmente, la participación de México en el escenario mundial, implica su colaboración en organismos internacionales; por ejemplo, en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE).
En cuanto a la primera, la propuesta del PRELAC (CEPAL/UNESCO, 2005), plantea “que el cambio de la cultura de las escuelas requiere considerar entre otros, un nuevo marco organizativo y normativo que promueva una mayor autonomía en la toma de decisiones pedagógicas y de gestión, que facilite la colaboración entre los miembros de la comunidad y la conexión con otras escuelas e instancias de aprendizaje. Ofrecer una variedad de opciones, itinerarios y modalidades para lograr el aprendizaje a lo largo de la vida, implica necesariamente una mayor autonomía en las decisiones curriculares, las modalidades y formas de enseñanza, los horarios, la contratación de personal, la adquisición de recursos materiales y los procedimientos de evaluación y de acreditación. Para que este cambio fundamental ocurra, es preciso disponer de directores capaces de asumir el liderazgo del proceso de gestión en la escuela y ello es una tarea pendiente. En la región existen redes en construcción que pueden ser un gran aporte para cumplir esta tarea. Pero se requiere también que los países asuman políticas explícitas de formación y capacitación de directivos-docentes, unidas a incentivos asociados al cargo de director para movilizar un cambio significativo en la cultura escolar.
…Los nuevos esquemas institucionales que contemplan una mayor autonomía de los establecimientos educativos implican un cambio radical en la función del director de la escuela. Éste deberá asumir su cargo no sólo cómo una fase más en el curso de su carrera profesional, sino en tanto desafío ético, intelectual y funcional, dada la posibilidad de conducir un establecimiento e imprimirle una dirección. Tal recomendación es tanto más vigente cuando la mayor parte de los directores no cuenta con una preparación que les permita asumir el liderazgo y estimular a los docentes, ni ostenta la necesaria capacidad organizativa. Es, pues, necesario fortalecer la capacidad de liderazgo de los directivos para transformar efectivamente la cultura de las instituciones escolares. Se trata aquí de generar climas propicios para mejorar el rendimiento del trabajo docente y el desempeño de los alumnos con una gestión escolar participativa, abierta y centrada en el logro de aprendizajes”.
Por lo tanto, con base en las consideraciones anteriores, una de las intenciones de este estudio es resaltar la importancia y necesidad de un Director Escolar con una actuación vanguardista, que sea un verdadero profesional en su actuación diaria; que sepa adoptar una posición ecléctica con respecto a las distintas posturas administrativas, pedagógicas, filosóficas, psicológicas, sociológicas y políticas que sustenten su gestión escolar cotidiana; sin permitirse caer en posiciones maniqueas; que desarrolle un pensamiento estratégico, que ejerza un liderazgo académico y que propicie un aprendizaje organizacional colectivo, que le permitan una mejor toma de decisiones.
Un Director Escolar que desarrolle una posición holística con respecto a su desempeño profesional; alejándose de los estereotipos administrativo-burocráticos y de los liderazgos estáticos, tornándose más humilde en su labor escolar; rompiendo con los paradigmas anquilosados que dañan su desempeño y, aperturándose pragmáticamente a nuevas visiones, con imaginación e inteligencia y, sobre todo, con un profundo respeto hacia la delicada labor que le fue encomendada socialmente al dirigir su Escuela: la Educación de los niños y jóvenes.
La Escuela mexicana, actualmente, requiere de Directores-líderes capaces de centrar los planes y proyectos de la Institución Escolar en los alumnos, sumando los esfuerzos de maestros, padres de familia y representación sindical, así como del entorno social, a través de estrategias diseñadas específicamente para lograr los cometidos educativos. Esto, desde luego, no es fácil de lograr, requiere de la participación y el compromiso de todos; del trabajo en equipo, sin simulaciones; con el establecimiento, de metas, objetivos, reglas, etc., que de común acuerdo, permitan la participación activa; y, en donde cada quien, reciba el reconocimiento que le corresponde.
Por ello, el papel del Director, se debe centrar en la habilidad de persuadir a los demás para encontrar entusiastamente objetivos deseados, es decir, él es el factor humano que une al grupo y lo motiva hacia metas y objetivos. Frente a la institución que representa y a la comunidad en que se encuentra, no solo se debe concentrar en las funciones administrativas, sociales o políticas; la finalidad de su quehacer debe ser, lograr que su escuela trascienda, a través, de una gestión integrada eficaz y eficiente, de una gestión estratégica, que se concentre en el trabajo pedagógico-educativo y en la vinculación organizativa y funcional de su plantel escolar.
El Director actualmente, definitivamente debe ser un líder académico, administrativo y social; que además tenga una actuación justa y que cuente con un profundo sentido humanista; que fundamente su trabajo en un enfoque sistémico, pero que a la vez tenga la sensibilidad y el tacto para tratar con un profundo respeto a todos los integrantes de la comunidad escolar. Debe ser un buscador incansable de la calidad educativa; ejercitando la capacidad de formar un cuerpo directivo colegiado, en donde se intercambien experiencias y se busquen soluciones corresponsables, estableciendo y delimitando claramente facultades y responsabilidades; haciendo presente el hecho para toda la comunidad escolar, de que se delega autoridad y se comparten responsabilidades.
Avanzar en el camino del trabajo exitoso, requiere de Directores Escolares, que colegien el trabajo, en una primera instancia con su cuerpo de directivos, pero de carácter general con toda su comunidad escolar; que entiendan que conforme una escuela tenga mayores estándares de calidad, formarán alumnos con iguales características: con un alto aprovechamiento y rendimiento escolar; con un desarrollo de habilidades, destrezas y valores más alto, entre otras características más y, que todo esto, repercutirá de manera general, ya que se tenderá a acrecentar y fortalecer la Calidad Educativa y por ende el prestigio escolar ante el entorno social.
Hoy por hoy, se requiere de directivos formados expresamente para desempeñarse como tales, con la intención verdadera de estar constantemente en capacitación y actualización en su importante labor educativa; de directores, que aún cuando no hayan tenido la oportunidad de formase ex profeso para tal actividad, se aperturen en su desempeño diario rompiendo con paradigmas anquilosados que no les permitan avanzar y que lamentablemente afectan a toda la institución de la cual son responsables.
En estos momentos, los directivos y docentes requieren de un rompimiento de viejos paradigmas muy arraigados, como son el hecho de pensar que después de concluida una formación específica, esta se vuelve terminal; esto, sólo es posible a partir de una concientización personal y colectiva del gremio magisterial, que permita ver en la formación, capacitación y actualización, mecanismos permanentes de superación. Es menester establecer, que es muy difícil que existan buenas escuelas con malos Directores y maestros; por tanto la inversión en ellos está más que justificada.
La aún escasa autonomía de nuestras escuelas, la inadecuación de la formación directiva y docente, la falta de apoyo institucional de carácter material y humano, y una inconsistencia propiciada “desde arriba”, junto con otros elementos negativos, son la carta de presentación que nos antecede. Sin embargo, con la pretensión de que no suene utópico, el cambio esta en nuestras manos, el futuro es nuestro; sólo se requiere de la cooperación comprometida y corrersponsable de los actores escolares y sociales, para que se comiencen a mover los planteles educativos en todas sus Dimensiones; para a través de la organización, disciplina y planeación, incrementar su calidad y, con ello, favorecer el desarrollo integral de los alumnos, mediante una formación humanística, científica y cultural, que permita construir una sociedad para el siglo XXI más justa, equitativa y fraternal.
En ese sentido, la Educación es, sin lugar a dudas, la plataforma más eficaz para el mejoramiento individual y comunitario de todo individuo; es tan generosa que permite contrarrestar o cuando menos disminuir, el efecto de carencias económicas y sociales, alentándonos a resolver los problemas y a reducir los rezagos; además, la educación permite compensar los contrastes entre regiones geográficas y grupos sociales, para edificar una nación mejor integrada y más justa; la educación es una de las mejores vías para construir sentimientos, conocimientos y valores compartidos.
Históricamente, el sistema político mexicano y sus gobernantes en turno, en materia de educación, tienen seguramente muchas cuentas que aclarar con la sociedad, sobre todo con sus nuevas generaciones. Pero, no debe ser intención de quien desea un verdadero cambio, solo buscar culpables; seria erróneo. Lo correcto, lo justo, es que cada actor de la sociedad, desde la trinchera que nos toque defender, hagamos lo que nos atañe, cumpliendo cabalmente con la función encomendada, con plenitud.